En las ciudades, muchas veces lo urgente no deja ver lo importante. Las voces de quienes han sido desplazados, silenciados o marginados por la violencia parecen perderse en el bullicio urbano, quedando fuera de las estadísticas, de los medios y, sobre todo, de la memoria colectiva. Sin embargo, hay formas de resistir al olvido. Una de ellas es el arte.
En este contexto, la obra de teatro Ártiga, el pueblo de los invisibles, escrita por Juan Álvaro Romero, emerge como una metáfora poderosa de aquellos cuerpos y comunidades que, tras vivir el desplazamiento forzado, deben aprender a ocultarse para sobrevivir. La historia de Ártiga —un pueblo que se hace invisible ante el paso de los violentos— nos habla del dolor, sí, pero también de la esperanza, de la capacidad de resistir y de recordar.
Inspirada en esta obra, la magíster en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, Yurany Mejía Restrepo, realiza una profunda reflexión en su tesis titulada “Hacer visible lo invisible”. Allí analiza esta puesta en escena como una práctica estética y política que transforma lo cotidiano en símbolo, y el testimonio en herramienta de memoria. Hoy nos acompaña Yurany para hablarnos sobre su investigación, sobre cómo el teatro puede ser un refugio, una denuncia y un acto de sanación colectiva.
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